Un año.
No sé si un año desde que empezamos, desde que solo podía pensar en él o, sencillamente, desde que me di cuenta lo mucho que me importaba. ¡Vaya! Rápido pasa el tiempo.
Hoy es una fecha, no una cualquiera pero sí una fecha meramente orientativa en la que supongo, escogimos sellarnos.
Pero lo importante es cuándo supe lo que era para mí, si tenía miedo a perderle o tener la certeza de que le quería.
Muchas dudas se me echaban encima, días en que la relación me resultaba tan autodestructiva, ¿qué hacía yo con él? ¿qué hacíamos juntos? Tenía esa respuesta dentro de mi ser: hacemos lo mejor que ha dado este puto mundo.
Nunca se lo reconocí a nadie aunque lo sabía perfectamente, ese tío era mi droga, estaba enganchada a su aroma, a su cuerpo, a todo lo suyo. Y, al igual que un toxicómano, yo jamás dejaría de tomar mi dosis, sería mil veces más probable que esa mierda acabara antes conmigo.
Joder, los momentos a su lado eran pletóricos, gloriosos. Acostumbra a improvisar a ratos con su bajo, me encanta ver cómo compone. Cuando me acercaba por detrás y le abrazaba, soltaba su instrumento, me agarraba con energía rodeándome la cintura hasta dar con su cabeza en mi regazo. Me repetía siempre aquella frase: eres mi diosa, eres esa jodida inspiración que a menudo me falta.
Metallica me trae los mejores recuerdos, es nuestra música, esa en la que bailamos sin ropa y con las almas completamente desnudas.
Por eso digo que está la música que te gusta y luego, aparte, está esa con la que te corres, porque son tan potentes sus memorias que te hacen estremecer.
Es imposible, inconcebible olvidar un día como el de hoy. Y sé, lo sé, tú también lo estás rememorando.
