Río, odio y amo.
Doy guerra siempre que puedo y hago el amor todo lo posible.
Me excedo, me indigno y seguramente por errores que yo misma cometería, soy consciente.
Escucho cuando quiero, lo intento, no funciona. Duermo cuando me cansa la constante monotonía, es rutina pesada y tediosa, odiosa.
Todo pinta mal, muy oscuro, negro. No alcanzo saber de dónde sale esa sonrisa, más bien risa, que construyo y me regalo plácidamente cada día. Podría hasta perder el conocimiento en un ataque de esos, todo se torna en colores vivos, radiantes. Todo marcha.
Música agresiva, potente, ruidosa, estridente. Sí, me encanta, me apasiona, me gusta, es salvaje y me desinhibe tanto. Lleva mi mente hasta lugares insospechados, imagino durante horas y más horas.
Adoro esa cultura, cada vez que conozco un pequeño detalle más sobre ella es un granito más al vaso, el camino correcto porque me encanta. Debe ser la mía, mi cultura algún día, es mi deseo más inmediato hoy. Es recta, asertiva, capaz, ejemplar, etc... No acabaría nunca.
Una tibia ducha, la necesito. Es mi elixir del diario, ahogo en ella mis insatisfacciones, mis lamentos ocultos, mis cuentas enterradas, que no saldadas. Bajo el agua se pasan los minutos pensando, eternos y escasos. Lo que ha transcurrido, aquello que podría suceder, mi presente, mis cartas al ser barajadas pero, sobre todo, jugadas.
Me juzgo, y no. Ya lo hago con el resto, constantemente, porque soy crítica con todo cuanto me rodea, nada hay como yo, la imperfección es singular, por ello soy única.
Digo todo lo que pienso, y ninguna de esas cosas van reflexionadas. Perdí respeto, principalmente por mí, olvidé respetarme para comenzar a recordar la felicidad.
No quiero dar cuentas al más importante mandamiento: "Cometí el peor de los pecados, no fui feliz".