Allí estaba yo, muy atenta, tratando de entender cada una de las cosas que me explicaban, al menos intentándolo.
Mis ojos, se perdían, mi mirada inquieta buscaba la suya inevitablemente. La encontré, se fijó con la mía, sin sentido alguno, parándose durante unos segundos. Mi pulso se acelera, por lo que cambio de objetivo y así consigo disimular. No quiero que sospeche, eso es lo último.
Cada cual continúa con su trabajo, como si nada. Pero sucede de nuevo, de entre todos, nos observamos nosotros dos, y no es una sencilla ojeada.
¿Conoces esa sensación cuando sientes que empiezas a pisar terreno pantanoso? Y lo peor ¿cuando crees no poder retroceder o directamente salir de ahí? Pues es justamente la que tengo yo en la última época.
En situaciones como estas solo hay dos opciones: o bien, salir corriendo; o por el contrario, lanzarse de cabeza a la aventura. Sí, es un gran abanico de posibilidades aunque no lo parezca, en cualquier caso resolvería el dilema.
Quizá necesite un poco más de tiempo...no lo sé.